viernes, 25 de diciembre de 2009

La cena de Navidad

Es difícil encontrar un buen cuento de Navidad que recoja el sentido pleno de las fiestas que celebramos en estos días. 



Entre todos los que me han enviado he elegido éste por una sencilla razón: me recuerda que el Niño Jesús está vivo y presente en los corazones de todas las personas que están a mi lado, tanto conocidas como desconocidas, y especialmente en los niños y jóvenes con los que estamos trabajando en nuestra hermosa y apasionante tarea educativa.


Os dejo con La cena de Navidad.



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La cena de Navidad
 

Era la esperada noche de Navidad.

Un ángel muy hermoso se apareció a una familia rica y le dijo a la dueña de la casa:


- Te traigo una buena noticia: esta noche el Señor Jesús vendrá a visitar tu casa.

La señora quedó entusiasmada: ¡nunca había creído posible que en su casa sucediese este milagro! Trató de preparar una cena excelente para recibir a Jesús. Encargó pollos, conservas, vinos importados y todo lo mejor que se le ocurrió.

De repente sonó el timbre. Era una mujer mal vestida, de rostro sufrido, con el vientre hinchado por un embarazo muy adelantado.

- Señora, ¿no tendría algún trabajo para darme? Estoy embarazada y tengo mucha necesidad del trabajo.

- ¿Pero ésta es hora de molestar? Vuelva otro día, respondió la dueña de la casa. Ahora estoy ocupada con la cena para una importante visita.

Poco después, un hombre, sucio de grasa, llamó a la puerta.



- Señora, mi camión se ha parado aquí en la esquina. ¿Por casualidad no tendría usted una caja de herramientas que me pueda prestar?

La señora, ocupada como estaba limpiando los vasos de cristal y los platos de porcelana, se irritó mucho:

- ¿Usted piensa que mi casa es un taller mecánico? ¿Dónde se ha visto importunar a la gente así? Por favor, no ensucie mi entrada con esos pies manchados.

La anfitriona siguió preparando la cena: abrió latas de caviar, puso champaña en el refrigerador, escogió de la bodega los mejores vinos, preparó unos aperitivos,...



Mientras tanto alguien afuera batió las palmas. Será que ahora llega Jesús, pensó ella emocionada, y con el corazón acelerado fue a abrir la puerta. Pero no era Jesús. Era un niño harapiento de la calle.

- Señora, déme un plato de comida.



- ¿Cómo te voy a dar comida si todavía no hemos cenado?

Vuelve mañana, porque esta noche estoy muy atareada.

Al final, la cena estaba ya lista. Toda la familia emocionada esperaba la ilustre visita. Sin embargo, pasaban las horas y Jesús no aparecía. Cansados de esperar empezaron a tomar los aperitivos, que al poco tiempo comenzaron a hacer efecto en los estómagos vacíos y el sueño hizo olvidar los pollos y los platos preparados.

A la mañana siguiente, al despertar, la señora se encontró con gran espanto frente al mismo ángel.

- ¿Un ángel puede mentir? Gritó ella. Lo preparé todo con esmero, aguardé toda la noche y Jesús no apareció. ¿Por qué me hizo esta broma?



- No fui yo quien mentí. Fue usted la que no tuvo ojos para ver, dijo ángel. Jesús
estuvo aquí tres veces: en la persona de la mujer embarazada, en la persona del camionero y en el niño hambriento. Pero usted no fue capaz de reconocerlo y de acogerlo.

Y con una mirada de misericordia y amor, desapareció de su vista.

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