miércoles, 28 de diciembre de 2011

Un cuento de Navidad

Navidad es tiempo de ilusión, de esperanza, de sueños,... no sólo para los pequeños de la casa.

Y, cómo no, es también tiempo de cuentos e historias que nos llevan a esos mundos ideales donde nos gustaría vivir, mundos que tenemos que recrear en nuestra ensoñación para que un día se hagan realidad.

La historia de esta semana es un sencillo cuento que nos recuerda que para hablar con Dios en estos días no hacen falta grandes palabras. Es suficiente un corazón generoso y abierto pues todo lo demás ya lo pone El.

Aquí va un Cuento de Navidad que espero os guste.

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UN CUENTO DE NAVIDAD

El sacerdote, viendo la iglesia llena, dio comienzo a la celebración.  Eran en su mayoría obreros del barrio más pobre de Río de Janeiro, reunidos esa noche con un solo objetivo común: la misa de navidad. Se sintió muy confortado y dio comienzo a sus palabras, cuando de improviso se oyó en la iglesia: a, b, c, d,...
Era, al parecer, un niño el que perturbaba la solemnidad del oficio. Los asistentes se volvieron hacia atrás algo molestos, mientras se seguía escuchando: a, b, c, d,...

- ¡Para! -dijo el sacerdote. El niño pareció despertarse de un trance. Lanzó una mirada temerosa a su alrededor y su rostro enrojeció de vergüenza.

- ¿Que haces? ¿ No ves que perturbas nuestras oraciones?


El niño bajo la cabeza y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas...

- ¿Dónde está tu madre? - insistió el cura. ¿No te ha enseñado a seguir la misa?

- Perdóneme padre, -respondió el niño c
on la cabeza baja- pero yo no he aprendido a rezar. He crecido en la calle, sin padre ni madre. Hoy como es navidad, tenía la necesidad de conversar con Dios. Pero no sé cuál es el idioma que ÉL comprende, por eso digo sólo las letras que yo me sé. He pensado que, allá arriba, ÉL podría tomar esas letras y formar las palabras y las frases que más le gusten.

- Ya me voy -añadió-. No quiero molestar a las personas que saben tan bien cómo comunicarse con Dios.


 - Ven conmigo - le respondió el sacerdote. Tomó al niño de la mano y lo condujo al altar. Después se dirigió a los fieles:

- Esta noche, antes de la misa, vamos a rezar una plegaria especial.
Vamos a dejar que Dios escriba lo que ÉL desea oír. Cada letra corresponderá a un momento del año, en el que lograremos hacer una acción, luchar con coraje para realizar un sueño o decir una oración sin palabras. Y le pediremos que ponga en orden las letras de nuestra vida. Vamos a pedir en nuestro corazón que esas letras le permitan crear las palabras y las frases que a ÉL le agraden.

Y con los ojos cerrados, el sacerdote se puso a recitar el alfabeto... Y, a su vez, toda la iglesia repitió: a, b, c, d,...



La Historia de la Semana 
 

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