En la entrada anterior se hacía referencia a ese jardín secreto que tenemos en el alma y que sólo conocemos cada uno de nosotros. Y la historia de esta semana, titulada La cámara secreta, trata precisamente de esto.
¿Qué guardo en lo más íntimo de mi corazón, en mi jardín secreto? Es seguro que caben muchas cosas, y aunque piense que sólo son para mí, al final también los que están a mi alrededor las acaban percibiendo.
Por eso conviene desterrar del corazón todas las cosas negativas que reducen nuestra visión, como el rencor, la envidia, la avaricia,... y cultivar todo lo que nos engrandece como personas: el amor, la generosidad, la amistad,...
Y aunque provoque reacciones adversas en los demás, el ser fieles a estas convicciones íntimas nos hará plenamente felices y realmente alegres.
De todo esto trata este cuento, aunque estoy seguro que en vuestra cámara secreta encontraréis más tesoros aún para enriquecerlo.
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La cámara secreta
Al ser joven, apuesto, inteligente y bueno, Ayâz era el favorito del
rey. Este último gustaba de su compañía, buscaba sus consejos y tenía
una confianza absoluta en él. Para sellar su amistad, colmó a Ayâz de
tantas mercedes que se encontró en
posesión de una pequeña fortuna.
Evidentemente su posición no dejó de exacerbar el odio y los celos de
los demás cortesanos que no soñaban sino con su caída y trataban por
todos los medios de desacreditarle delante del rey.
Como Ayâz se
encerraba todos los días en una pequeña cámara, donde se quedaba un buen
rato, los cortesanos pensaron haber encontrado, por fin, la prueba de
su doblez. Se imaginaron que guardaba allí el fruto de sus rapiñas. Se
apresuraron a informar de sus sospechas al rey y le suplicaron que
desenmascarara al traidor visitando la cámara misteriosa.
Movido por esta camarilla llena de odio y convencido de la fidelidad
de su favorito, el rey aceptó su petición a fin de acallar aquellas
malas lenguas.
Ordenó que se echara abajo la puerta de la cámara y, seguido de sus
cortesanos, penetró en la estancia. Cuál no sería su asombro al
descubrir todo el mundo que la estancia se hallaba completamente vacía.
En vez de encontrar en ella montones de riquezas resguardadas de la
mirada de los curiosos, lo que vieron fue nada más que un
viejo par de sandalias de cuero y un mísero traje hecho pedazos.
Intrigado, el rey hizo venir a Ayâz y le preguntó por qué guardaba tan
celosamente aquellos viejos andrajos. Y éste le respondió con
modestia:
-Fue vestido con estas ropas viejas como llegué a la corte y vengo a
verlas todos los días, para acordarme de todas las bondades que me habéis
dispensado desde entonces y no olvidar la humildad de mis inicios.
Alejandro Jodorowsky
La Historia de la Semana