martes, 21 de febrero de 2012

La Serenissima

Hay momentos en los que se necesita un reposo y una serenidad adicionales, especialmente en esos días en que la melancolía hace acto de presencia y un sentimiento de nostalgia nos invade.

Momentos en que deseamos apartarnos del mundo y estar, en lo posible, a solas con uno mismo.

A mí me ayuda en esos momentos una buena música relajante que me permita abrir el alma a nuevas ensoñaciones e ilusiones. Y el tema que hoy comparto es uno de ellos. Se trata de La Serenissima, de la cantante canadiense Loreena McKennitt, que está incluido en su album The Book of Secrets.

Es una música que transmite paz y serenidad, aunque no deje de tener un punto de melancolía, expresando acertadamente, al menos para mí, el sentimiento dulce-triste de la existencia.

El video que acompaña son imágenes del otoño, que resultan muy apropiadas. ¡Espero que os guste y os sirva!




La Historia de la Semana 

jueves, 16 de febrero de 2012

El granjero y el éxito

Uno de los rasgos de nuestra sociedad es la competitividad exagerada que existe en todos los ámbitos de la vida, desde el escolar al laboral.

Desear sobresalir en alguna especialidad, anhelar destacar sobre los demás, ser el primero en mi campo,... es un sentimiento natural de todas las personas, acorde con nuestra definición más profunda de ser +, y constituye por tanto una aspiración legítima.

Pero cuando esto se hace a costa de hundir a los demás, a veces incluso de humillarlos o de quitarles oportunidades, entonces en lugar de ser una oportunidad para engrandecerse por dentro ocurre todo lo contrario: se va reduciendo el horizonte personal.

La historia de esta semana trata precisamente de un caso práctico en el que esto se manifiesta de forma clara y evidente. Se titula El granjero y el éxito, y espero que os guste.

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El granjero y el éxito

Había un agricultor que producía un maíz de altísima calidad, reconocido en su zona por ser ganador de varios premios. Cada año concursaba con su maíz en la feria del estado, en la que ganaba honores y premios.

En una ocasión lo entrevistó un periodista y aprendió algo interesante acerca de cómo crecía el maíz. El reportero descubrió que el agricultor compartía su semilla de maíz con sus vecinos.

- "Pero, ¿cómo puede darse el lujo de compartir sus mejores semillas de maíz con sus vecinos cuando están poniendo a competir el maíz de ellos con el suyo cada año?" -preguntó el reportero.

-"¿Por qué, señor?" -dijo el granjero- "¿usted no lo sabe?: el viento levanta el polen del maíz maduro y lo transporta de un campo a otro. Si mis vecinos cultivan un maíz de calidad inferior, sub-estándar o de mala calidad, la polinización cruzada paulatinamente degradará la calidad de mi maíz. Si quiero recoger un buen maíz, debo ayudar a mis vecinos a que cultiven también un buen maíz".

El granjero le dio una maravillosa visión sobre la conexión de la vida: su maíz no puede mejorar a menos que el maíz de su vecino también mejore; el éxito personal es el éxito colectivo.   

Y lo mismo ocurre en todas las dimensiones de la vida: para estar en paz con uno mismo hay que estar en paz con los demás, para ser feliz uno mismo hay que hacer felices a los demás...

Y por eso es tan importante compartir con los amigos, compañeros,... todo lo que somos y sabemos. 


lunes, 13 de febrero de 2012

La princesa y el plebeyo

Las historias de amor están de moda en estas fechas de San Valentín. Pero la que comparto esta semana es un poco diferente de las habituales al uso.

¿Cómo saber si un amor es correspondido o no? ¿Y qué hacer en caso de que no lo sea?

Está claro que el amor es cosa de dos, no sólo de uno, y si no hay reciprocidad y atención mutua es que algo falla en la relación.

El amor de verdad, sea a una persona o a un ideal, se plasma y se concreta en una serie de detalles claros y evidentes, que ponen de manifiesto el lugar que el objeto de nuestro amor ocupa en lo más íntimo de nuestro corazón.  

La historia de esta semana, La princesa y el plebeyo, trata precisamente de esto, y tiene un final de los que hacen pensar un poco...

Aquí va:

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La princesa y el plebeyo

Cuentan que una bella princesa estaba buscando consorte. Aristócratas y adinerados señores habían llegado de todas partes para ofrecer sus maravillosos regalos. Joyas, tierras, ejércitos y tronos conformaban los obsequios para conquistar a tan especial criatura.

Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo, que no tenía más riqueza que amor y perserseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:

- Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin mas alimentos que la lluvia y sin mas ropas que las que llevo puestas. Esa es mi dote…

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar : 

- Tendrás tu oportunidad: Si pasas la prueba, me desposarás.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente estuvo sentado, soportando los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente vasallo siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento. 

De vez en  cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas. Incluso algunos optimistas habían comenzado a planear los festejos. 

Al llegar el día noventa y nueve, los pobladores de zona habían salido a animar al próximo monarca. 

Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la joven princesa, se levantó y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño lo alcanzó y le preguntó:

-¿Qué fue lo que te ocurrió? … Estabas a un paso de lograr la meta… ¿Por qué perdiste esa oportunidad?… ¿Por qué te retiraste?…

Con profunda consternación y algunas lágrimas mal disimuladas, contestó en voz baja:

-Si la princesa no me ahorró un día de sufrimiento, ¡ni siquiera una hora!, es porque no merecía mi amor.



La Historia de la Semana