jueves, 2 de abril de 2009

La amistad

En esta ocasión la historia de la semana está dedicada a la amistad.

Por supuesto que todos tenemos amigos, pero ¿qué es un buen amigo de verdad?, ¿cómo se puede discernir si es amigo de corazón o amigo interesado? De esto trata esta breve historia.

Lo que sí está claro es que cuantos más amigos tengamos, ¡mucho mejor! Por eso nos insistía siempre Fernando Rielo en nuestro trabajo con jóvenes: ¡haced amigos!
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La amistad

Hace mucho tiempo en una ciudad había un padre y un hijo que discutían siempre sobre quién tenía mejores amigos.

El hijo decía que tenía muchos y se burlaba del padre porque sólo tenía uno.

Un día cansado el padre de tantas burlas le dijo:

- Mira, mata un cordero, mánchate las manos de sangre, vete a casa de tus amigos y diles: "he matado un hombre y los alguaciles me persiguen"; luego ven y cuéntame lo que ha pasado.

El hijo así lo hizo, pero todos sus amigos le pusieron excusas, y ninguno le ayudó... Así que volvió a casa a decírselo a su padre.

Entonces el padre le dijo:

- Ahor vete a casa de mi amigo y dile lo mismo.

El hijo fue a casa del amigo de su padre y le dijo:

- He matado un hombre y los alguaciles me persiguen.

Entoces el amigo del padre le contestó:

- Rápido, ven y pasa dentro. Lávate las manos y ¡que no se entere tu padre!

sábado, 28 de marzo de 2009

Cielo o Infierno

Aquí va una breve historia con otra versión sobre un tema que se repite a menudo: lo importante no es lo que está fuera de mí sino cómo lo acojo en mi corazón. Y nos plantea una cuestión capital: ¿qué soy para los demás: cielo o infierno?
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INFIERNO O CIELO
Según cuenta un antiguo relato japonés, un belicoso Samurai desafió en una ocasión a un maestro Zen a que le explicara el concepto de cielo e infierno.
Pero el monje respondió con desdén:
- "No eres más que un patán. ¡No puedo perder el tiempo con individuos como tú!".
Herido en lo más profundo de su ser, el Samurai se dejó llevar por la ira, desenvainó su espada y gritó:
- "Podría matarte por tu impertinencia".
- "Eso, repuso el monje con calma, es el infierno".
Desconcertado al percibir la verdad en lo que el maestro le señalaba con respecto a la furia que lo dominaba, el Samurai se serenó, envainó la espada y se inclinó, agradeciendo al monje la lección.
- "Y eso, añadió el monje, es el cielo".

viernes, 27 de marzo de 2009

El perro y la liebre

A nadie se le escapa que la educación es un tema fundamental y básico, hoy y ya en el siglo III a.C., en que Licurgo, sabio orador ateniense, sorprendió a sus coetáneos con la historia de esta semana, muy ilustrativa del valor de la educación y de su finalidad, además de la importancia de la experiencia. Otra cuestión será el cómo educar, cómo transmitir no sólo los conocimientos, sino los valores y las vivencias. ¡Espero que os guste!

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El perro y la liebre


Se cuenta que el legislador Licurgo fue invitado a dar una conferencia sobre educación.
Aceptó la invitación, pero pidió un plazo de seis meses para prepararse.

El hecho causó extrañeza, pues todos sabían que él tenía capacidad y condiciones para hablar en cualquier momento sobre el tema. Y por eso mismo lo habían invitado.

Transcurridos los seis meses, Licurgo compareció ante la Asamblea, que estaba expectante. Se ubicó en la tribuna, y enseguida entraron unos criados portando cuatro jaulas. En cada una había un animal; en total eran dos liebres y dos perros.

A una señal preestablecida, uno de los criados abrió la puerta de una de las jaulas y una pequeña liebre blanca salió corriendo, espantada.

Luego, el otro criado abrió una jaula donde había un perro, y éste salió en desesperada carrera a la captura de la liebre. La alcanzó con destreza, destrozándola rápidamente.

La escena fue dantesca y golpeó a todos. Una gran conmoción recorrió la Asamblea y los corazones de todos parecían saltar del pecho. Nadie conseguía entender lo que Licurgo deseaba con tal agresión.

Licurgo no dijo nada. Volvió a repetir la señal establecida, y la otra liebre fue liberada de su jaula. Enseguida, se liberó al otro perro.

El público apenas contenía la respiración. Algunos, más sensibles, llevaron las manos a los ojos para no ver la repetición de la muerte bárbara del indefenso animalito que corría y saltaba.

En el primer instante, el perro embistió contra la liebre. Sin embargo, en vez de destrozarla, la tocó con la pata y la revolcó. Luego se irguió y se pusieron a jugar.

Para sorpresa de todos, ambos animales mostraron tranquila convivencia, saltando de un lado para el otro.

Entonces, y solamente entonces, Licurgo habló:

- Señores, acabáis de asistir a una demostración de lo que puede la educación. Ambas liebres son hijas de la misma matriz. Fueron alimentadas igualmente y recibieron los mismos cuidados. Así, igualmente, los perros. La diferencia entre ellos reside, solamente, en la educación.

Y prosiguió vivamente su discurso, exponiendo las excelencias del proceso educativo:

- La educación, basada en una concepción exacta de la vida, transformaría la cara del mundo. Debemos educar a nuestros hijos, esclarecer su inteligencia pero, ante todo, debemos hablar a su corazón, enseñándole a despojarse de sus imperfecciones, porque la sabiduría por excelencia consiste en volvernos mejores.